He cogido pocos taxis en Nueva York, únicamente para trasladarme del aeropuerto a mi destino y viceversa. Recuerdo la primera vez como si fuera hoy mismo. No iba sola y la magia de Nueva York nos estaba atrapando con solo sentarnos en aquel gran coche con destino Manhattan. Todo era nuevo para nosotros, y lo disfrutábamos segundo a segundo.
La segunda vez fui sola y realmente fue increíble la sensación de ya haber estado ahi, recordando qué es lo que iba a aparecer en cada momento.
En mi último día en Nueva York, acababa de desayunar unas tortitas con frutas deliciosas, y con ese dulce sabor y la alegría de haber estado ahí por segunda vez, subí a un taxi y me dirigí al aeropuerto, en silencio recordando los momentos buenos y los no tan buenos de aquel viaje. Me vino a la mente la estatua de la libertad; había comido con ella sentada en un banco del muelle,... pero esa es otra historia que algún día contaré...
Me gustaría pensar que en un momento u otro volveré a sentarme en un taxi amarillo y mi destino será Manhattan, iré sola o acompañada. Sea como sea, me sentaré en ese taxi y disfrutaré del silencio y de lo que vayan captando mis ojos a través de la ventana.
Feliz viaje en taxi,