En Central Park hay una estatua en honor a Christian Andersen. En verano, actores y actrices famosos se sientan a leer a niñ@s sentad@s en el suelo alrededor de la estatua. De esta manera se rinde a uno de los grandes escritores de cuentos para niños de la historia de la literatura.
Recuerdo cuando mi abuela me contaba cuentos de pequeña. Era la hora de irse a dormir, y cuando yo estaba metida ya en la cama se medio estiraba en la cama conmigo, me arropaba y abría ese gran libro de tapas duras con un montón de cuentos para contarme. Había veces que era yo la que le acababa contando el cuento porque ella se había dormido. Parecía que no te pudiera pasar nada, estabas más que protegida. Ojalá aun siendo adultos pudiéramos hacer eso y por unos momentos volver a sentirnos protegidos, sin temor a nada.
Los cuentos nos evaden de la realidad, soñar que Peter Pan va a aparecer por tu ventana y te va a llevar al país de Nunca Jamás, o que en tu camino te encontrarás con Alicia y podrás hacerte más grande para vencer a los que quieren hacerte daño como la Reina de Corazones, o quizá podrás dormir hasta que todo se arregle y sea tu Príncipe Azul el que te despierte con esas buenas noticias, quizá creas ser un patito feo y tu abuela se encargue de decirte que eres un proyecto de cisne y que algún día te darás cuenta de todas tus posibilidades… los cuentos nos daban esperanza de que un mundo mejor podía existir y en ese mundo no íbamos a sufrir nunca. Evidentemente, todos sabemos que la realidad es otra, pero siendo pequeños tenemos la suerte de creer que las hadas existen, y los mundos perdidos están en alguna parte y que podemos encontrarlos, sin ir más lejos, los podemos encontrar cada noche en nuestros sueños.
Quizá siendo adultos tendríamos que leer algunos cuentos para seguir creyendo en esa magia, quizá siendo tíos, padres, podamos tener una segunda oportunidad.
Feliz ¿mágico? desayuno de jueves